Zonia Farieta, lectora de Dante

Zonia Farieta, lectora de Dante

Ahora debe estar leyendo uno de esos libros que tanto le gustan. Uno de sicarios, de muerte y soledad. De esos que le hacen recordar los días en que la CIA la vino a preguntar y no dio con ella. Se llama Zonia y se apellida Farieta. La engendró un siciliano que dejó una estela de hijos cuando de paso por las Indias recaló en Colombia.
 
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Delgada y mediana, inteligente y viva. Es una de las tantas personas que viven de las letras, el papel y la tinta. Comparte con Dago, su socio, un pequeño local en el centro de artes gráficas más grande, económico y extraño de toda Bogotá. A unos pasos de la calle del cartucho y junto a la Carrera Décima; allí, en el centro del universo tipográfico más escondido y marginal de toda la ciudad, trabaja Zonia.
 
Colecciona libros y revistas. Aprendió a leer antes de entrar al colegio con "Kalimán" y "Arandú". Su rostro cuando ríe marca los pómulos delgados del que sabe lo que es pasar penurias cuando no hay para el almuerzo. En el colegio se ganó un premio por sus escritos. Jamás le gustaron las matemáticas, y a los dieciséis y cuando perdió el décimo grado, duró un año encerrada en su casa, leyendo. A los veintidós probó la yerba y el perico, curiosidad científica, me lo dice con algo de socarrona sabiduría. 

Montajes de la CIA

Y ahora, a los veintisiete, asegura, mientras congela la sonrisa, que Dios es lo absoluto y que los milagros existen. Y hay que ver esos enormes ojos cafés suplicando que le creas; y entonces le escuchas contar la historia del día en que agentes de la CIA y el CTI la tenían a unos cuantos metros y ella se mezcló entre la gente y pasó junto a ellos y milagro. Adiós extradición. El asunto no fue por droga. Por ambición. Por bruta, como dice ella. Le ofrecieron hacer parte de una banda de falsificadores de dólares y cuando tenían listo el viaje a Miami, Zonia se echó para atrás y no viajó. El resto de la banda llegó a la Florida y allí los atraparon en una redada. Todo fue un montaje. Uno de los integrantes de la banda era un agente de la CIA; el hombre había organizado una banda para atraparla en su país y así obtener un ascenso. A Zonia la salvó la carta que le envió a un senador colombiano por aquel entonces, donde le explicaba el asunto y le pedía que investigara. El honorable así lo hizo y armó un escándalo que llegó hasta las cortes del Tío Sam. Todo quedó aclarado.
 
La imagino bebiendo cerveza, porque el aguardiente le tiene sentenciada una úlcera; la imagino bailando la salsa de Fruko, Peper Pimienta, La Fania, y esos otros que tanto le gustan ; la imagino desquitándose de su mala fortuna, en una cama, con su desempacado novio, en forma, como le gusta a ella, porque es algo sublime, bello, complementario, bonito, con amor, con condón; como dice, mientras lleva para atrás ese cabello largo y seco. Mientras te cuenta todo eso en alguna cafetería sobre la décima. Mientras te pide otra Coca-Cola y se enciende otro Mustang Azul.

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De Kalimán a Dante

Es una crítica literaria exigente. Tiene olfato para los libros, lee sin discriminación y reparo. No le hace el feo a "La ley del monte" o a unos buenos versos de Neruda. Cuando habla de escribir se le ilumina el rostro tanto o más que cuando se pronuncia a Dante o se le regala un libro. Escribe en las noches. Trabaja en una novela. No tiene sueños imposibles y suspira por ver el Sahara, el Cañón del Colorado o el mar de Cartagena.
 
Tiene esa forma de mirar que te lo dice todo con esos ojos. Como si no fuera suficiente una boca. Pero no dice tonterías. Los libros la han tocado. Habla con ese acento sencillo y marcado de barrio bajo, pero con palabras que ninguna ejecutiva joven tiene idea que existiera. 
 
No mira televisión. Adora el cine de Almodóvar y aborrece "Padres e hijos" por la estupidez de sus argumentos. La Cinemateca Distrital es uno de sus lugares sagrados. Y su película favorita es "Dead Man Walking", por aquello del peso de la culpa y el arrepentimiento, por lo humana, dice mientras pierde la mirada en un horizonte que sigue buscando.
 
La puedes encontrar, en su diminuto local, leyendo El Tiempo mientras espera algún cliente que necesite sacar una cuantas planchas electrostáticas. Casi siempre llega después de las diez de la mañana, porque no madruga. Es posible que te regale un libro, uno de Salgari, como me pasó a mí. Tal vez conozcas a Ubaldo, su socio, y puedas ver en acción la vieja máquina tipográfica Haiderberg convirtiendo las páginas blancas en hojas con frases. A las diez podrás hablar de libros, cine, historia, o de la vida con Zonia. Quizás te cite a Calderón de la Barca o al Dante que tanto le gusta. Verás que te esperaba como el náufrago que encuentra una isla o sabe que hallaron su botella.
 
Pero no la busques un domingo, porque habla poco.