"No es la enfermedad, sino los síntomas" - Poema de José María Baldoví
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"No es la enfermedad, sino los síntomas" - Poema de José María Baldoví

No.
No vendrá la Ciudad Nueva.
La inmunidad del rebaño la vetará.
La libertad no reside en las bibliotecas.
La virtud –si acaso- es una depravación retraída.
Y las plegarias no suplican bastante para descubrir su rostro:
nuestro y de Él.
 
Si de coronas se trata,
la de espinas no es tan infame;
la otra, la que habita el ser -del alba edénica a Ricardo III y todos sus
múltiplos-, esa oscura furia implacable, es el don de los dones.
 
Iglesias y catedrales desiertas u ocupadas
por las fiebres, las toses
y los ahogos de nuestro huésped
–destripador-.
 
Jabalíes, pavos reales, zorros, cisnes, patos y no sé si ciervos
pasean despistados por las calles de Oakland, Madrid o Milán.
Los diarios cuentan que la fauna salvaje recoloniza las ciudades.
Pero otro fue el vertebrado impío.
Y otros han sido los confinados.
La hierba crece entre los adoquines;
las raíces rompen el pavimento; me crecen las patillas.
 
Por fin el silencio se hace verbo.
Los cielos están más limpios
y más azules y más diáfanos que nunca.
Vacíos. O colmados de aire, como las cúpulas.
 
No puede haber ricos y pobres en la ciudad –nos dice Platón-
porque entonces tendríamos varías y no una.
Aunque un hombre puede ser justo en la medida en que lo es la
ciudad.
 
No habrá un Divino Rafael que rescate nuestras ruinas
–que han sido siempre nuestros corrales que llamamos ciudades-.
 
Tampoco la Sábana Santa de Turín –que algunos atribuyen a Da Vinci-
ni la cruz, que impidieron que la peste acabara de sembrar de
pústulas y vómitos la manierista Italia de Tintoretto,
reprimirán la abrasadora picadura del microbio postmoderno que echa
abajo la civilización de la simulación cibernética.
 
También aquélla vez –bajo la forma de la pulga-
se internó por Lombardía.
Por donde se filtraron plagas más remotas allegadas
por irresistibles arcos y plateados estribos de los hijos de Atila
y por cortos aceros y redondas adargas de las tribus de Teodorico.
 
No hay adversario.
No hay jardín.
No hay camino.
No hay tacto.
 
Abunda la sospecha.
El vecino aterra y el encierro crea monstruos.
Sepulcros.
 
Las máscaras, antes que el pavor, cubren el desagrado.
El otro no soy yo.
 
La Roma de plástico, del montaje filobático y abatidos figurantes,
recibe los embates de la serpiente invisible.
Se derrumba –incrédula-,
mientras su carne queda expuesta –asaeteada-.
Los carros se pudren, y el cuerpo, estéril;
capa por capa, desinfectado hasta el alma.
 
Aparte de un eco en The Globe,
un molino en La Mancha
y una carabela en el Tajo,
el espejo de la pantalla
de partículas de cristal líquido
propaga como una epidemia
la azarosa imagen
o el sueño apacible
del biólogo asiático:
el nuevo oráculo.
 
Bogotá, 13 de abril de 2020.
Primer año de la peste.