"Los sueños de la razón" - Cuento de Edwin Umaña Peña
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"Los sueños de la razón" - Cuento de Edwin Umaña Peña

Sergio soñó que sus vecinos, los Guzmán, se divorciaban y se iban del edificio. Aunque era sábado y no tenía que madrugar, esa noche durmió muy mal; había tenido una semana muy tensa en el trabajo, con muchos problemas. Despertó adolorido, ni el cambio de colchón ni de almohada habían funcionado, el dolor de cintura y espalda persistían. En el desayuno le contó sobre su sueño a Amanda, su esposa.
     —Se van del edificio, pero a una casa nueva —dijo ella—. Compraron un chalet, una casa de dos pisos por la salida a Siberia. Ayer me lo contaron, ¡qué envidia!
     —¡Un chalet! —dijo él, sorprendido.
     Se quedaron en silencio. Sergio se arrepintió de haberle contado el sueño a su esposa; en las últimas semanas vivían una tensa situación. Amanda llevaba un año sin trabajo, se había presentado a todas las ofertas que encontraba o le decían, pero no conseguía nada.
     —No les interesa tener mujeres ingenieras, solo quieren contratar hombres —repetía frustrada ante cada negativa.
 
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     Vivían en Cedritos, en un pequeño apartamento que habían comprado dos años antes. Amanda estaba harta de pasar los días encerrada, ocupada de las labores de casa o paseando por el barrio, buscando dónde comprar más barato. No soportaba más la situación de estrechez que estaban viviendo. Pensaba que su marido había dejado de hacer las tareas domésticas que le correspondían, y no estaba dispuesta a repetir el destino de su madre, que se pasó toda la vida en casa, limpiando y cocinando.
     Sergio era ingeniero, como Amanda, trabajaba en una empresa de consultoría. Durante la semana llegaba destrozado del trabajo; Martínez Uribe, su jefe, le estaba haciendo la vida imposible. Un día Ortiz, un compañero, le contó que Martínez Uribe quería sacarlo para meter a un primo, a un tal Fernández Uribe. Esa noche, en la cena, cuando Sergio se lo iba a contar a Amanda, ella lo interrumpió.
     —¡Adivina! ¡Los Guzmán se separan! Se van del edificio, pero cada uno por su lado —dijo.
     —¿Y qué va a pasar con el chalet?
     —Lo han puesto en venta. Más que un chalet, es un palacio. ¡Qué tristeza!
     Fue una gran sorpresa. Los Guzmán parecían la pareja perfecta: eran guapos, simpáticos, sonrientes, cada uno trabajaba en una multinacional.
 
 
     La separación de los Guzmán bajó las tensiones entre Sergio y Amanda. Las cosas mejoraron, una tranquila armonía los rodeó. En las noches ella lo recibía con alegría y le calentaba la cena. Sergio se levantaba temprano y hacía el desayuno de los dos antes de irse al trabajo. Durante el día Amanda salía, visitaba a su familia y consultaba las ofertas de empleo. Volvieron a abrazarse y besarse con frecuencia, y a tener sexo. Llevaban cuatro años casados y la atracción que sentían ya no era la misma, pero por un tiempo la pasión los invadió de nuevo y otra vez disfrutaron el uno del otro.
     Poco después los dolores de cintura y espalda de Sergio regresaron. También las malas noches y las pesadillas, volvió a dormir mal. Había una razón: la situación en su trabajo había empeorado, pero prefería no contárselo a Amanda. Su jefe, Martínez Uribe, lo seguía acosando, algunas veces lo llamaba durante el fin de semana y le ordenaba entregar informes que antes no le había pedido. Los domingos, Sergio se levantaba a medianoche, cuando su mujer dormía profundamente, y se ponía a trabajar.
     Todo empeoró cuando se vio obligado a quedarse en la oficina hasta más tarde para poder cumplir con el trabajo. Llegaba a casa bien entrada la noche, cuando Amanda ya estaba muy cansada. Dejaron de cenar juntos. Sergio comenzó a estar irritado y nervioso, pero soportaba todo porque no podía perder el empleo: la hipoteca del apartamento, la cuota del carro y la crisis económica se lo impedían.
     —No puedo darme el lujo de dejar el trabajo —le decía con insistencia a Amanda.
     —¡No todo es trabajo! —respondía ella.
     —Y las deudas, ¿cómo las vamos a pagar?
     Se quedaban en silencio mirándose el uno al otro. Con los días volvieron las discusiones y la armonía comenzó a agrietarse.
     Una noche, Sergio soñó que su jefe tenía un accidente de avión. En la madrugada, una llamada de Martínez Uribe lo despertó, le reñía por un informe y le ordenaba ir a su despacho a primera hora.
     —Mierda, ojalá se cumpla el sueño —dijo, entre dientes, mientras colgaba. Lo dijo con sincero deseo, furioso, harto de la situación que vivía.
     Semanas después, Sergio estaba a punto de renunciar, no soportaba más la presión de su jefe. Seguía sin dormir bien. Los problemas con su esposa habían aumentado porque él no podía tener sexo, lograr una erección se hizo imposible. Amanda, frustrada, volvió a estar de mal humor. No conseguía trabajo y estaba pensando hacer cualquier cosa para ganar dinero, así no fuera como ingeniera.
     Un día, Martínez Uribe tuvo que hacer un viaje de negocios a China, estaría dos semanas fuera cerrando negocios con nuevos proveedores. Sergio pensó en aprovechar la ausencia de su jefe para redactar la carta de renuncia y entregarla.
     —Es mejor irme así de la empresa, no quiero verle la cara nunca más a ese hijueputa —le dijo a Amanda—. Tendremos que apretarnos el cinturón, tal vez vender el carro.
     Ella lo miró preocupada, se acercó y lo abrazó.
     —¿Tendremos más tiempo para los dos? —preguntó.
     Sergio pasó la noche sin dormir, escribiendo una y otra vez el texto de dimisión. Al final la ira lo consumió, redactó un escueto comunicado y tomó la decisión de demandar a la empresa por acoso laboral. Esa mañana, cuando iba a entregar la carta, al llegar a la oficina lo recibió la noticia de que Martínez Uribe había tenido un accidente de avión en Hong Kong.
     A Sergio lo ascendieron a ocupar el puesto de su jefe. La noche que celebró el ascenso con Amanda fueron a un restaurante de comida española, por la Zona G de Chapinero, donde querían cenar desde hacía mucho tiempo. Amanda estaba radiante, Sergio estaba muy feliz. Pidieron una botella de vino tinto español y brindaron. El espíritu lúdico de la bebida los invadió, y durante la cena comenzaron a planear viajes futuros a Europa o Asia.
     —¡Vamos primero a España! —dijo Amanda—. Siempre he querido conocer Madrid y hartarme de tapas españolas.
     —¡Sí, vayamos a la madre patria! —dijo Sergio—. Podemos ir al Bernabéu a ver al Real Madrid.
     —¡A la puta madre patria! —dijo Amanda, en voz baja, y soltó una carcajada. Sergio también se rio.
     —¡Salud! —dijeron al mismo tiempo. Brindaron.
     Al final, cuando tomaban el postre, Sergio le contó sobre el sueño que había tenido con Martínez Uribe.
     —Me da remordimiento haber deseado que el sueño se hiciera realidad y el man se matara. Martínez Uribe tenía dos hijos y una esposa. Debí de habérselo contado por lo menos —dijo.
     —¡Qué dices! No, no, habría creído que estabas loco —dijo Amanda—. Además, ese tipo era un mierda, no se merecía que le contaras el sueño. Si le pasó eso, era porque le tocaba. Todo ocurre por algo y todo sucede cuando tiene que suceder.
 
     Las cosas mejoraron económicamente. Sergio pasó a tener un sueldo mayor, aunque también más responsabilidades a cargo. Ahora era el superior del tal Fernández Uribe, el primo de su exjefe, que resultó ser todo un inútil. No hacía nada bien y no le entregaba los informes a tiempo. Pensó en deshacerse de él, pero descubrió que Fernández Uribe era el protegido de uno de los directivos de la compañía, como en vida lo fue el difunto Martínez Uribe.
     La vida social de Sergio y Amanda se hizo más activa gracias al nuevo cargo de él. Los amigos volvieron a llamar y a invitarlos a cenar, o a alguna fiesta. Conocieron otras parejas afines en el club de la empresa, al cual tenían acceso ahora gracias a que Sergio era jefe. Amanda se cansó de buscar trabajo, y empezó a pensar que tal vez era un buen momento para tener un hijo e irse a vivir a una casa en las afueras. De forma sutil, se lo hizo saber a su esposo.
     Pasaron unos meses. Con el paso de los días, Sergio, de repente, se vio entre la presión por producir resultados en el trabajo, para duplicar los logros de su antecesor, y el agobio por ahorrar más para cambiarse a una nueva casa y adquirir un nuevo automóvil, más grande y apropiado para cuando la familia creciera. A esto, además, se sumó el problema de procrear.
     —El sexo automático y obligado no es para mí —le dijo a Amanda, decepcionado ante su impotencia.
     Ella, sin embargo, se empleó a fondo con el objetivo de que el aparato de su marido funcionara de forma óptima. Paseó por centros comerciales y compró lencería picante, tangas de lentejuelas y encajes traslúcidos con el objetivo de provocar a su marido en largas noches de fogosa pasión. Lo logró, sobre todo, los fines de semana, cuando Sergio podía descansar y se despertaba fresco en las mañanas, con todas las fuerzas, listo para jornadas de amor que muchas veces se prolongaban durante todo el día.
     Al poco tiempo, le compraron el chalet a los Guzmán y se fueron a vivir allí, por la vía a Siberia. Era una gran casa de dos plantas. Abajo tenía una espaciosa sala, que daba a un inmenso jardín, y una moderna cocina, con estufa y horno totalmente automáticos que se activaban con la voz. En la parte superior había tres cuartos: el dormitorio matrimonial, el de los invitados y el estudio. Su dormitorio era el cuarto más grande, dormían en una enorme cama doble, habían puesto un televisor con pantalla gigante en la pared de enfrente.
 
     Una tarde dominical, mientras se reponía de un intenso día amoroso, Sergio soñó con la lotería. De entre los nubarrones del sueño surgió una escena confusa en la que aparecía un hombre, con traje y corbata, y a su lado una ruleta que giraba. Luego, la rueda de la ruleta, que daba vueltas, se transformaba en una urna con bolas numeradas. El hombre sonreía, detenía la urna y sacaba las bolas. Enseñaba los números. Los primeros cuatro los vio Sergio, claros y diáfanos como el agua. Cuando iba a salir el quinto y último número, justo en ese momento, Sergio sintió el calor y el olor del cuerpo de Amanda, y un cosquilleo entre las piernas. Despertó, ella estaba sobre él, besándolo con pasión y buscando su miembro, ansiosa. A Sergio le quedó la duda si ese último número era treinta y seis, o sesenta y tres.
     Al caer la noche, después de un extenuante combate cuerpo a cuerpo, Sergio le comentó a Amanda sobre el sueño.
     —Tal vez si salgo y compro la lotería, y le juego a los dos números… Si adiviné cuando lo de Martínez Uribe, tal vez esta vez también —le dijo a su mujer.
     —¡Qué te vas a ir ahora, es tarde! Ven, que todavía no me has dado lo que me merezco —dijo ella, y se lanzó sobre él.
     Esa noche, mientras retozaban, salió en la lotería el número que había soñado él. Sergio se enteró la mañana siguiente, en la oficina, cuando se le ocurrió mirar los resultados del sorteo.
     Casi se vuelve loco. Durante días vivió hundido en la amargura, se atormentaba al pensar que ahora sería multimillonario y todos sus problemas se habrían resuelto. En las noches no dormía y en las mañanas desayunaba taciturno con Amanda mientras ella hacía cuentas, calculando los días fértiles de su ciclo.
     —¡Si hubiera creído en el sueño! —se lamentaba día tras día en la oficina, mientras tenía que adiestrar al inútil de Fernández Uribe, y además hacerle el trabajo.
     Le contó lo sucedido a Ortiz, su colega.
     —Yo me despierto y salgo corriendo a comprar el número —le respondió Ortiz.
     La amargura aumentó con el tiempo cuando, sin saber cómo, Fernández Uribe pasó de subordinado a darle órdenes. Cada día tenía que hacer más cosas en el trabajo, la presión por obtener resultados era enorme. No soportaba lo que estaba sucediendo. Además, sabía que tarde o temprano tendría que ceder su puesto. Eso lo indignaba.
     De nuevo, surgieron los problemas con su esposa. Sergio empezó a sentir desprecio por Amanda; ella, por su parte, le reclamaba porque no se quedaba embarazada. La molestia dio paso a las discusiones, que se hicieron más frecuentes, hasta que decidieron dormir en camas separadas.
     Amanda se fue a dormir al cuarto de invitados. Se sentía desolada. Volvió a enviar hojas de vida a las ofertas de empleo. También comenzó a salir con sus amigas Laura y Trini. Pasaba horas enteras con ellas, conversando sobre sus historias de amor y desamor.
     Decían:
     —Todos cuentos con hombres descarados, fracasados, cobardes, tristes, indecisos, machistas, infantiles, arrogantes, atormentados, inseguros, frágiles, prepotentes, cínicos, irresponsables, ignorantes, dejados, frescos —lo repetían entre risas, en un coro que recitaban de memoria, divertidas, mientras brindaban.
     —En definitiva, todos educados en la masculinidad de un desapego total a la higiene y a las labores domésticas —afirmaba Trini, con la seguridad de quien ha descifrado el elemental universo de los hombres.
     —¡Es que todos los manes son unos cerdos! —decían al unísono, cuando las copas empezaban a hacer efecto.
     —¡Y las mujeres siempre tenemos la razón! —concluían entre risas, antes de chocar las copas y brindar.
     Sin embargo, Amanda se sentía extraña, aunque Sergio fuera también un cerdo, como todos los hombres, creía que estaba muy acostumbrada a él.
     Una vez, las tres amigas conocieron a tres chicos en un bar. Amanda pasó toda la noche conversando con uno de ellos. Al final, cuando cerraron el lugar, él se ofreció a llevarla a casa. Amanda aceptó, se despidió de Laura y Trini, y se fue con él.
     Esa noche, Sergio soñó que moría solo en una enorme cama, dentro de una confortable habitación. Despertó con el cuerpo bañado en sudor, miró a su alrededor el inmenso y cómodo cuarto matrimonial del chalet, donde dormía, y sollozó al ver que no tenía a nadie a su lado. Se compadeció de sí mismo por llevar una vida tan banal. Recordó a Martínez Uribe y lloró por él.
     —¿Dónde perdí las ilusiones?, ¿en qué momento caí en esto? —se preguntó en voz alta.
     Amanecía. Se levantó y fue a la otra habitación. No había nadie, Amanda aún no había llegado.