La Calle de Escribano de Tunja

La Calle de Escribano de Tunja

Digamos que en la madrugada el escribano se hallaba muy cómodo para buscar palabras. Posiblemente en esas horas tan solas y frías para muchos, se entretenía entre letras, tintas y plumas, en la muy reciente ciudad andina de Tunja.
 
La historia asegura que le gustaba fomentar las artes y la cultura en su pequeña ciudad. Nada se sabe de sus gustos mundanos. Al parecer; el escribano Juan de Vargas no frecuentaba los ámbitos del exceso. Su nombre sobrevivió a los olvidos de su siglo al promover las artes, la amistad con el cronista Juan de Castellanos, y su casa estacionada en la geografía de una calle que recuerda el oficio del escriba.
 
casa-escribano-juan-vargas-tunja-boyaca

Un viaje a las Indias en busca de fortuna

La mayoría del grupo de transeúntes, que por caprichos del destino nos puso en ese momento y lugar, pasamos casi de largo. La fachada blanca era intimidante bajo el sol del mediodía. No era una casa que invitara a entrar. Apenas, una placa de piedra atrapaba una que otra mirada. El anuncio fue incrustado por la municipalidad como un lunar artificial donde se destaca el escudo de familia y una leyenda que detalla el nombre del propietario.
 
Juan de Vargas llegó con su padre a las Indias para buscar fortuna. Hijo de un caballero español y capitán de conquista que en 1564 se instaló en la aristocrática, religiosa y culta ciudad de Tunja, 19 años después compraría el título de escribano. Por esos días, al igual que ahora, la gente veía en los cargos públicos una fuente casi inagotable de dinero y prestigio.

Ser escribano: un cargo rentable al servicio del Rey

El escribano era servidor directo del rey, y al igual que su equivalente actual, el notario, sellaba la fe pública. Era un negocio rentable que podía ser heredado. Juan aseguró a su descendencia el jugoso oficio por casi cien años. Se tiene registro que su nieto Juan de Vargas Matajudios fue el último en hacerse al cargo.
 
No se pudo establecer porqué los Vargas dejaron su España natal. Seguramente el afán de riqueza los trajo a encerrarse entre montañas. O tal vez escapaban de algo. Juan de Vargas encontró su lugar en el mundo y una razón para su existencia. Hizo de su casa de trazos de arquitectura mudéjar, una joya prohibida para la retina del caminante desprevenido. Las buenas cosas suelen estar más allá del ojo escrutador.
 
Hay lugares donde el camino se vuelve para abrigar. Sitios donde nunca se ha pisado un metro antes pero sientes que regresas, finalmente. En esa calle desembocamos a la plaza como el frágil aeroplano que apenas, al final de la pista, logra alzar vuelo. Allí se cruza una sola vez para escuchar los ecos de tiempos anquilosados, para no tener la certeza de ser quien camina por ahí de nuevo. Tal vez eso sea el olvido. El nombre de una calle que todos pasan de largo.